Los uniformes me llevan por el camino de amargura. Llevo toda la vida con uniforme y la verdad, el año que viene no le voy a echar de menos. Cuando eramos pequeños, llevabamos un chandal y un babi, este último parecía el mantel de un restaurante italiano de mala muerte. Este año logramos deshacernos del uniforme basado en una super divina falda escocesa que combina con todo lo que te pongas (notese la ironía), un polo amarillo pollo y una sudadera. Me acuerdo de esos días de invierno con falda en los que me moría de frío porque llevaba medias en vez de leotárdos pues mi madre nunca me los compraba...Ahora mi uniforme es un chandal, el cual nos queda grandes a todos pues la tallas no se llegan a ajustar al cuerpo de nadie. Está formado por una camiseta que si sudas demasiado, se te acaban poniendo los sabacos amarillos y no hay quien le quite el olor a sudor, unos pantalones que misteriosamente en invierno no abrigan, pero que en verano no dejan transpirar (que extraño, de que material estarán hechos) y por una sudadera gigantesca.
En cierto modo, apoyo el tener que llevar uniforme pues así uno se quita el dilema de las mañanas, el del qué ponerse. Pero por otra parte, cada vez que salimos a la calle, la gente nos mira raro porque parecemos salidos de una clase de secta, todos iguales. Yo sinceramente pienso, que nos ponen uniforme para cuando vamos de excursión no nos perdamos, como si eso fuera posible...
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